Las Huellas de la Guerra // Orest Antoshkiv // Fotografía

Del 5 de Abril al 7 de Mayo
Fotografía

La fotografía de guerra es uno de los grandes mitos. Hoy en día, cuando un joven adolescente juega con la cámara se imagina como fotógrafo de moda, reportero comprometido con la sociedad y por supuesto, fotógrafo de guerra. Pero para ser reportero curtido en mil batallas hay que tener sangre fría y una cabeza a prueba de bombas. Y por lo que cuentan y lo que me imagino, no es nada fácil.

La fotografía de guerra empezó oficialmente cuando Roger Fenton fue destinado a la guerra de Crimea en 1855. En aquellos tiempos hacer fotos no era tan fácil como sacar el móvil y enviar la imagen por internet. Era el momento del colodión húmedo, que exigía llevar el laboratorio a cuestas (y entonces era un carromato de madera arrastrado por bueyes).

Además, tenía la obligación de no fotografiar muertos, para no desmoralizar al país y a las familias de las víctimas (el primer ejemplo de censura militar en el mundo de la fotografía). Eso hacía las cosas más difíciles para reflejar una situación de guerra, por lo que se las tuvo que ingeniar para conseguir plasmar el aire de las batallas.

Curiosamente fue enviado para frenar la poca popularidad que tenía el conflicto bélico entre la población civil. El gobierno del Reino Unido fue a la guerra junto con Francia, el imperio otomano y el Reino de Piamonte y Cerdeña para luchar contra el imperio ruso por motivos económicos y estratégicos, aunque lo vistieron de guerra religiosa.

La fotografía de guerra cambió con la guerra civil española y se recuerda por la fotografía más famosa de una batalla: Muerte de un miliciano del citado Robert Capa. Da igual si es verdad o es mentira, pero no hubiera sido posible sin la ayuda de la tecnología de entonces. Y al menos es verdad que el fotógrafo estaba allí.

Toda la estética de la fotografía bélica nació aquí, de la mano de los reporteros extranjeros y de la tierra, como el gran Agustí Centelles. Fueron los primeros que sacaron los destrozos, el terror y la ira del pueblo. Ellos acompañaron a los soldados hasta el frente de batalla para que en París o en EEUU supieran cómo iba a ser su futuro.

Todos podemos asustarnos de la maldad del ser humano, gracias a las crónicas y a las fotografías de todos los profesionales, como el veterano J. Natchwey, que viajan al horror para a encontrar explicación a algo que los de arriba todavía no han entendido, pero que parece que les da igual.

La exposición de Orest Antoshkiv sigue la senda marcada por Roger Fenton; por el gran Simon Norfolk en Afganistán; o por Gervasio Sánchez. Ellos no muestran directamente la guerra, sino lo más terrible: sus efectos.

No hay épica, no hay sangre. Son testigos de lo que ha pasado. Y es un peso infame para los que han quedado en pie. Más que hablar del pasado, Orest Antoshkiv nos cuenta desde el presente de su ojo fotográfico lo que espera el futuro de una sociedad rota por la guerra. Y solo queda levantarse y construir lo que la sinrazón destruyó.

Orest Antoshkiv