TresCruces // Aimée Joaristi

Exposición
Del 7 de Noviembre de 2018 al 13 de Enero de 2019

La redención no exculpa. En cualquier caso, subraya, remite, activa lo latente, estimula el recuerdo, desempolva el texto. Esta propuesta no es una exposición al uso, no supone la acumulación de obras y el establecimiento de un posible diálogo entre ellas. En su defecto, asistimos a un acto de recordación y de memoria. Recibimos, entonces, una bofetada, frontal y fría. Si de algo sirve el arte es para emancipar la conciencia; si de algo sirve la historia es para librarnos de la amnesia y no para perpetuarla.

TresCruces, lanza una mirada a uno de los sucesos más trágicos de la historia reciente de Costa Rica. Se trata de la llamada Masacre de Alajuetila. Un crimen de género que removió los cimientos de la sociedad costarricense de entonces y puso a prueba la eficacia de los mecanismos de la observación centrados en vigilar y castigar. Un Domingo de Ramos, hace ya treinta años, el país despertó bajo una noticia que sembró el terror en la población al tiempo gestionó una gran oleada de rechazo manifiesto a la violencia y a los protagonistas de la misma. Entonces siete mujeres inocentes fueron violadas y brutalmente ejecutadas cuando descendían de la Cruz de la Alajuelita, luego de una larga peregrinación de carácter litúrgico con el fin de pagar una promesa. La instalación desplegada en estas salas funciona -según la subjetividad artística- como una suerte de recreación de ese momento. Una puesta en escena que, como todo gesto artístico que sustantiva el “desvío retórico”, mezcla algunos pasajes de ese suceso con episodios de la vida personal de la artista. De tal suerte cada ámbito apuesta por un diálogo -simultáneo- entre “lo histórico” y “lo biográfico”. Se trata de un ensayo de carácter multidisciplinar que obliga a sintoniza, en una misma línea dramatúrgica, la pintura, la instalación, el vídeo, la entrevista, materiales de archivo y la dimensión documental.

La actualización de este suceso asume, de alguna manera, una responsabilidad con la historia misma, salvaguardando un absoluto respeto por esas víctimas y sus familiares. Bastaría con remitirnos a los hechos y a los testimonios relacionados con éste, para advertir que fue uno de los acontecimientos más sonados de la trama judicial del país: hablamos de uno los peores crímenes cometidos en la lamentablemente extendida genealogía del crimen y la violencia en Centroamérica. Un hecho que, reitero, provocó un fuerte cuestionamiento de las estructuras judiciales y las plataformas civiles a tenor de la criminalización y exterminio del flagelo más sórdido de toda sociedad que se precie de ser mediamente civilizada: la violencia.
La violencia de género constituye uno de los más graves síntomas de la cultura contemporánea contra la que los políticos y todas las fuerzas sociales deben (y tienen) que continuar luchando. Visto desde la perspectiva actual y desde el prisma de los debates feministas, este hecho no es sino otro de los tantos crímenes machistas que perpetúa los sistemas falocéntricos y retrógrados tan presentes en nuestras sociedades llamadas tercermundistas.

Andrés Isaac Santana  (Comisario de la exposición)