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Bancales // Andrés Delgado

ANDRÉS DELGADO: LA CICATRIZ GEOMÉTRICA (BANCALES)

Manifiesto para una arqueología del sudor y la piedra

I. El Territorio como Cuerpo Herido

Entrar en la obra de Andrés Delgado no es observar un paisaje reflejado en una postal; es asistir a una autopsia del territorio. El sur de Tenerife, específicamente la piel cuarteada de Arico, no se nos presenta como una arcadia contemplativa, sino como una geografía de la resistencia. Los bancales que Delgado invoca son las costillas de una tierra que fue obligada a dar vida donde solo había piedra. Una conexión establecida en los márgenes de su hábitat domestico, puesto que el lugar donde habita es quien le brinda la inspiración desde el transito cotidiano de sus reflexiones.

Aquí, el artista reclama la soberanía de la memoria frente a la amnesia del progreso. El bancal, esa terraza alzada «a hueso», sin argamasa que media entre la voluntad humana y el basalto, es la arquitectura del hambre transformada en geometría sagrada. En esta serie, Delgado abandona la complacencia de la luz insular para adentrarse en la sombra del muro, en el musgo que sobrevive en la humedad de los aljibes, en las huellas que marcan el extractivismo en el territorio, recordándonos que cada piedra colocada es un verso de un poema épico escrito por manos campesinas hoy invisibles.

II. La Materia: Del Martillo de Cantero a la Mordida Mecánica

La poética de Delgado es, ante todo, una poética de la materia. El uso del cartón corrugado en sus piezas no es un azar estético; es una denuncia matérica. El cartón, degradado, rasgado y encolado, emula la herida que la maquinaria pesada infringe hoy en las canteras de zahorra. Donde antes existía el rito del cantero —el diálogo rítmico de la escoda y la maceta—, hoy impera la «uña» de la excavadora, que devora la ladera con una rapidez obscena.

Delgado captura esta violencia y la transmuta. Al elevar el cartón y la zahorra a la categoría de pigmento y soporte, está realizando un acto de justicia poética. Nos obliga a mirar la porosidad del jable y el rofe, esos materiales volcánicos que retienen la taró (esa niebla atlántica que es puro espíritu líquido), como si fueran los guardianes de un frescor ancestral. Sus lienzos son estratigrafías de un tiempo que colapsa: la ligereza del material volcánico frente al peso histórico del olvido.

III. El Estanque y el Paleopaisaje: La Estética del Abandono

La pieza central, El estanque (2023), funciona como el útero de esta cosmogonía. Es el lugar donde el tiempo se detiene a beber. En sus muros vetustos, Delgado lee la historia de las galerías perforadas, de las atarjeas que conducen la sangre de la tierra (el agua) hacia el cantero sediento. Pero este estanque ya no es solo un depósito; es un espejo crítico. Es una metáfora del rio del olvido que lleva a la laguna Estigia.

Estamos ante lo que podríamos denominar el Paleopaisaje de la Post-Modernidad revistiendo el mito. La agricultura de autoconsumo ha sido desplazada por una nueva colonización: la de los aerogeneradores y los «jardines solares». Es una paradoja cruel que el artista señala con su pincelada esencialista: bajo el pretexto de la energía limpia, se entierran las ruinas de una sostenibilidad real, la de los saberes campesinos que sabían dialogar con la escasez. Las obras de Delgado son el acta de defunción de este paisaje, pero también su embalsamamiento artístico para que no desaparezca del todo.

Andrés Delgado nos propone un viaje de vuelta a la tierra, no desde la nostalgia paralizante, sino desde el compromiso ético. Su obra es un muro de contención frente al ruido industrial. Al igual que el proyecto de los jóvenes del I.E.S. Arico que capturan la taró con tecnología moderna, Delgado utiliza su técnica pictórica para capturar la esencia de un mundo que se nos escapa.

Esta exposición es un refugio. Un espacio donde la abstracción sirve para revelar la verdad más cruda: que somos lo que recordamos. Los bancales de Delgado son, en última instancia, las líneas de la mano de una humanidad que se niega a soltar la azada, que se niega a dejar de mirar el horizonte desde el borde de un cantero. Es la victoria del espíritu humano sobre la aridez.