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Cuichán

CUICHÁN

EL PULSO INQUEBRANTABLE

10 JUNIO – 10 AGOSTO 2026

La exposición plantea una reflexión crítica sobre cómo las estructuras de poder global precarizan y vuelven invisibles a determinados cuerpos, y de qué manera estos —femeninos, andinos, migrantes— logran inscribir su memoria y su soberanía utilizando los propios residuos de la maquinaria postindustrial. El concepto se apoya en la oposición entre la “táctica” —la respuesta creativa de los oprimidos mediante el uso de materiales sencillos como el papel Kraft— y la «estrategia» de las instituciones que registran e invisibilizan la vida en la diáspora.

La historia de la modernidad es la crónica de un desplazamiento forzado. Mientras las grandes capitales europeas se erigían sobre la promesa del progreso técnico e industrial, una inmensa geografía de cuerpos era empujada hacia la penumbra de la invisibilidad civil y el desecho material. La obra de Juan Manuel Fernández Cuichán (Quito, Ecuador, 1960) emerge en esta grieta histórica, no para complacer la mirada académica, sino para clavar una cuña matérica y conceptual en el centro de la metrópoli.

Cuichán no ofrece concesiones decorativas. Al trazar estas figuras sobre papel humilde y presentarlas en un antiguo taller de trenes, el artista devuelve a la materia su carácter sagrado y su memoria obrera. Esta exposición no es una mera pinacoteca del dolor; es un altar profano, una barricada visual que exige al visitante afinar el tacto, descifrar los relieves del descarte y reconocer, bajo las diferentes capas, el pulso inquebrantable de la vida que se niega a ser borrada. Vísceras, cruces sincretizadas y rostros lacerados evocan aquí el dolor histórico del indigenismo americano.

Al ingresar a la sala, la instalación obliga a modificar la distancia corporal con el arte. Dispuestos a modo de mural, los dibujos modulares del artista cartografían un territorio donde el cuerpo y la tierra son indisolubles. Aquí, la maternidad elude la dulzura mística del canon occidental para encarnar en una «madre volcán»: un sujeto mineral de extremidades toscas y pies profundamente hundidos en la geología del Cotopaxi. Es la Pachamama herida pero indomable, que sostiene a sus hijos a través del Atlántico mientras su propio vientre es perforado por la explotación y la costura del desarraigo.

En la zona central de la retícula destaca una lámina que representa un torso femenino esquematizado en tonos rojizos. A su lado, otra muestra de forma explícita e hiperbólica una vulva rodeada por pinceladas negras que emulan el vello púbico y los flujos energéticos. Esta representación visceral de los órganos reproductores no busca la provocación erótica, sino la afirmación de la fertilidad de la Pachamama (Madre Tierra) y la sacralidad del origen biológico frente a la represión puritana impuesta por el proceso colonizador.

Se distingue también un módulo de fondo amarillo brillante cortado por una cruz roja de extremos ensanchados. En la intersección de sus brazos se ubica un óvalo negro que contiene una boca abierta o un ojo vigilante, rodeado de trazos negros que sugieren tanto una corona de espinas como el disco solar incaico (Inti). Esta pieza encapsula la tensión violenta del sincretismo andino-católico, donde los símbolos de la salvación cristiana conviven con la herida colonial y la persistencia de las deidades solares reprimidas.

En varias obras se aprecian perfiles humanos con expresiones de grito y desesperación, trazados con líneas negras gruesas que fragmentan el rostro. Estas caras en actitud de agonía remiten directamente a la tradición pictórica indigenista de Oswaldo Guayasamín —particularmente a la serie La Edad de la Ira—, así como a las figuras desmembradas del Guernica de Picasso. Dichas piezas operan como una denuncia de la violencia estructural e institucional sufrida por los migrantes y las clases trabajadoras.

El cráneo, colocado sobre un fondo de filamentos rojos, sintetiza la iconografía del Día de los Difuntos andino y la muerte física del migrante en los trayectos fronterizos. Las costuras rojas representan las heridas mal cerradas de la diáspora y la fragmentación de la identidad del sujeto que cruza las fronteras.

En el tríptico aledaño, los personajes llevan capuchas que cubren sus cabezas, asemejándose a mortajas o a la indumentaria de tránsito de los refugiados y campesinos andinos. Los rostros muestran los ojos cerrados o sumidos en una profunda e inexpresiva penumbra. La repetición rítmica y asfixiante de estas figuras evoca la pérdida de la individualidad en los movimientos migratorios masivos y rinde homenaje a los desaparecidos en las fronteras globales.

La Neomudéjar, fiel a su filosofía de resistencia institucional e investigación en los márgenes de los discursos oficiales, proporciona un espacio para que la obra resuene no como un objeto de consumo estético exótico, sino como una afrenta política. En este sentido, la arquitectura industrial occidental deja de ser un mero contenedor para convertirse en un agente activo que co-produce el significado de la exposición, recordando al visitante que la modernidad occidental se construyó —y se sigue construyendo— sobre los cuerpos invisibilizados de los trabajadores, la explotación colonial de los recursos y las realidades de los migrantes.

Néstor Prieto – Curator