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Orbital // Diego Moya

La obra de Diego Moya (Jaén, 1943) se despliega como una travesía entre lo visible y lo invisible, entre lo ancestral y lo digital, entre la tierra y el cosmos. Desde muy joven, su mirada estuvo orientada hacia lo cósmico: un pequeño fragmento del cuadro, La visión de Tondal, de la escuela del Bosco —esa escena donde una ratita se asoma por el ojocosmos de la cabeza central— lo ha acompañado desde siempre, en clave íntima, como germen simbólico que resuena en toda su trayectoria y que dialoga con otras visiones cósmicas de la historia del arte, muy presentes en la mirada del artista.

Arquitecto de formación y artista multidisciplinar, Moya ha desarrollado un proceso creativo en el que el concepto de “orbital” de la física cuántica actúa como principio estructural y simbólico. Desde sus primeras cajas de luz de los años 70 hasta sus series más recientes, su trabajo se abre a un “campo de posibilidades” que emerge a lo largo del proceso creativo, cuando el artista, como él mismo expresa, “se sitúa con una atención flotante desde donde empieza a percibir lo que no tenía pensado.” Así, cada obra funcionaría como un orbital de luz y materia, un espacio de probabilidad que se revelaría como realidad actuante y memoria visual, recogida aquí en un recorrido de 1998 a 2026: Río Azul, La piel de la tierra, Aluminios, Cajas Luminosas o, sus recientes, Colonizados. Un proceso en el que el artista mantiene un diálogo constante entre percepción, materia y cosmos, así como una fisicidad palpable, casi ritual, con sus piezas: un trabajo directo y manual donde la materia se toca y se erosiona, incluso en aquellas series en que pudiera parecer más próximo a la tecnología.

En Río Azul, Moya abre un territorio en el que la abstracción se vuelve simbólica, explorando las analogías entre el comportamiento físico de la pintura y el de la materia cósmica. Los surcos funcionan como ríos, estuarios, venas o neuronas, y la pintura fluye guiada por ritmos internos que el artista descubre en el proceso. La piel de la tierra profundiza en esta investigación cósmica mediante impresiones directas sobre rocas milenarias, contrapuestas a rostros humanos ampliados. Son improntas que actúan como archivos de memoria: La piel de la tierra se convierte en espejo de la piel humana, en una reflexión sobre el tiempo, la inscripción y la pertenencia al universo. En la serie Aluminios, esa materia ancestral —arenas, pigmentos, texturas— dialoga con superficies industriales, tensión que refleja la experiencia vital y profesional del artista, atravesada por dos continentes, África y Europa, y dos imaginarios.

Sus Cajas Luminosas actuarían como dispositivos perceptivos en diálogo con la física actual y sus propuestas: la luz vibra, se expande y se transforma según la posición del espectador y el tiempo de observación. Como en un sistema cuántico, la obra permanece en un estado de posibilidades hasta ser observada, revelándose solo desde un punto frontal y perdiendo esa certeza en cuanto el espectador se desplaza, sobre todo, lateralmente. Es en Colonizados, su serie más reciente, donde la luz se vuelve más espectral e interrogativa: aquí Moya intensifica la dimensión psicológica y política de su obra.  Ya no son estructuras tridimensionales, sino superficies donde flotan cabezas ingrávidas en una membrana de metacrilato sin coordenadas, atrapadas en dispositivos y corrientes tecnológicas.

En Orbital, todo queda suspendido en un espacio poético donde lo visible y lo invisible se rozan, y donde la luz —materia primordial de su obra— actúa como una revelación continua de energía y memoria.

Zara Fernández de Moya-Comisaria