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PACIOS CON EL MAR // Gabriela Carmona (Chile)

VIERNES 13 MARZO 18:30h 

PACTOS CON EL MAR

Gabriela Carmona Slier, Chile

Pactos con el mar se sitúa en una dimensión ritual donde el cuerpo se presenta como territorio sensible de memoria y transformación. La mancha roja aparece como rastro vital, no solo es herida, sino pulso, flujo, latido que recuerda lo vivido y lo transmutable.

Como escritura primaria, previa al lenguaje, la mancha propone una recomposición de la identidad desde el rastro y no desde la forma estable.

La obra tensiona los límites entre herida y potencia, exponiendo el cuerpo como archivo de violencias históricas, pero también como espacio de reparación y autonomía. 

La performance invoca una reconciliación con los fluidos, el deseo, con lo que ha sido negado o silenciado del cuerpo feminizante, como gesto de resistencia frente a la pedagogía de la vergüenza que disciplina los cuerpos. En este umbral, la herida se vuelve ofrenda: un acto de limpieza simbólica donde el cuerpo, marcado por la historia, recupera su potencia espiritual y su capacidad de volver a nombrarse desde el agua, el ritmo y el rito.

 

Fuimos IMPERIO

Gabriela Carmona Slier, Chile

Intervención gráfica // Perteneciente a la Serie El Crepitar de los Insectos (2018-2026)

Serie de telones, pancartas o pendones, pintados a mano sobre telas de color rojo con textos que organizan frases aludiendo a consignas políticas, directas y otras poéticas, imágenes y signos que reflexionan en torno a las nuevas fuerzas imperialistas que se despliegan en Latinoamérica y el mundo.

Estas piezas van colgadas en el espacio, en distintos puntos, resituando la gran maquinaria central del museo como objeto simbólico de poder y la modernidad. La reiteración del discurso, el retorno, la serpiente mordiendo su cola eternamente.

La ciudad Negra, la ideología muerta.

La performance invoca una reconciliación con los fluidos, el deseo, con lo que ha sido negado o silenciado del cuerpo feminizante, como gesto de resistencia frente a la pedagogía de la vergüenza que disciplina los cuerpos. En este umbral, la herida se vuelve ofrenda: un acto de limpieza simbólica donde el cuerpo, marcado por la historia, recupera su potencia espiritual y su capacidad de volver a nombrarse desde el agua, el ritmo y el rito.

 

Acciones somático-emblemáticas.

Fernando Castro Flórez.

La intervención o, mejor, situación de interferencia que plantean Gabriela Carmona Slier y Víctor Hugo Bravo en el Museo la Neomudejar funciona como una suerte de “estado de excepción estético”. La resonancia smichttiana no debe imponer la lógica política de amigo/enemigo sino una comprensión de las dimensiones teológicas de las prácticas artísticas que aquí están puestas en juego. Estos dos creadores chilenos han somatizado la experiencia neoliberal y, sin duda, rechazan sus imperativos que generan derivado (in)dividuales. Pertenecen a esa generación que ha tenido que arreglárselas con las “consecuencias” de la dictadura pinochetista, sin poder investirse del aura del “reprimido”, antes al contrario, estableciendo lo que podríamos calificar como modos viscerales de la resistencia.

Hace un tiempo señalé que las obras de Víctor Hugo Bravo suponen “refracciones” con respecto al sujeto contemporáneo que está entregado a la parataxis (afectiva) continua: todo deriva sin ir a ninguna parte, en una sucesión de “cretinadas” que parece infinita. Cuando Víctor Hugo Bravo escribe, en algunas de sus piezas, palabras sexualmente imperativas (“domíname”, “fornícame”, etc.) lo que está es mostrando, de forma obscena, la lógica del poder, el afán de dominio sin freno. Ese poder que intenta “canalizar” la violencia pero que no deja de aumentarla exponencialmente tiene que evitar que cuestionemos su justicia. El Estado es, como sabemos, una eficaz máquina militar que está “asediada” por una criminalidad diseminada. La justicia considera que la violencia, en manos de individuos particulares, constituye un peligro para el orden. En cualquier caso, Max Weber subrayó que el éxito de la coacción violenta no depende del Derecho sino del poder. El Estado quiere tener siempre la razón y, cuando no se genera hegemonía, siempre se tiene el recurso de la fuerza. Cualquier pretensión, cuanto todo está desquiciado, de tener el timón es patética o curda manifestación del deseo de imponer, de nuevo, el fascismo a escala planetaria.

Como acertadamente ha indicado Hernán Pacurucu, la estética de Víctor Hugo Bravo trata de seducirnos con lo abyecto, pero también hace visible una estrategia de cuestionamiento de los símbolos “sublimes”, por ejemplo, de los emblemas patrióticos. El imaginario anarquizante de este artista “hace justicia” al Estado de las Cosas. Habría que pensar la obra de Víctor Hugo Bravo en el horizonte la crítica de la violencia benjaminiana. Por su parte, las acciones de Gabriela Carmona Slier suponen, en todo momento, una intensa implicación corporal e incluso un radical “desnudamiento” en el que no se busca una “erotización” sino la manifestación, simultánea, de la vulnerabilidad y del coraje. En la performance que plantea en la Neomudéjar, titulada Pactos con el mar, implica la ritualidad, la memoria y la experiencia de la herida. La famosa invocación beuysiana (“muestra tus heridas”), adquiere, en este caso, una dimensión personal y política en la que el cuerpo está, literalmente, manchado de rojo con todo el poder simbólico que esto implica. “La mancha roja –escribe Gabriela Carmona Slier- aparece como rastro vital, no solo es herida sino pulso, flujo, latino que recuerda lo vivido y trasmutable”. Con inequívoca perspectiva feminista, busca fluidificar el deseo, dar cuerpo voz al cuerpo sin dejarse atrapar en el patriarcal límite de la “vergüenza ajena”. La mancha no remite a la culpa ni hay un repliegue en el modo de lo que Nietzsche llamó “ideales ascéticos. El cuerpo desnudo deja rastros rojos, alusiones a la “impureza” menstrual y también al posicionamiento crítico, un proceso de “limpieza simbólica” que tiene algo de, valga la paradoja, reflexivamente catártico.

Las pulsiones somáticas de Gabriela Carmona Slier friccionan con los pendones y pancartas que Víctor Hugo Bravo dispone en esa imponente sala con enormes máquinas obsoletas de la Neomudéjar. En telas que también son de color rojo podemos leer consignas como “Fuimos Imperio. Multitud esclava. Levántate y camina”. Un imperativo imperial, imperioso improperio, por jugar con el inmemorial complejo de inferioridad de una cultura que, como advirtiera Benjamin, se entreteje con la barbarie. El artista alude a lo que denomina “la ideología muerta”, teniendo muy presente las dinámicas regresivas que imperan en Latinoamérica y (lamentablemente) en casi todo el mundo.

En la descripción general de Arder Rojo se menciona, adecuadamente, la “urgencia del presente”, esto es, la emergencia política frente a la que tenemos que establecer estrategias de resistencia y tácticas de éxodo. “En un contexto marcado por una creciente polarización ideológica –escriben Gabriela Carmona Slier y Víctor Hugo Bravo-, ARDER ROJO aborda las tensiones que reinstalan formas de poder concebidas como instancias absolutas, cuestionando sus mecanismos de legitimación y los efectos que producen sobre los cuerpos, los territorios y la memoria colectiva”. Aquel dilema que cerraba el texto canónico de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (“a la estétización de la política contesta la politización del arte”) requiere, como hacen estos dos artistas, de un replanteamiento crítico que tenga en cuenta el fracaso (también estetizante) del (pseudo)radicalismo. No tenemos (todavía) conceptos y prácticas (desde lo ético a lo estético, de lo ontológico a lo psíquico) que subviertan los “fines del fascismo”, ni siquiera estamos siendo capaces de romper el marco fraudulento de “la batalla cultural” que formula (toscamente) la extrema-derecha. Si un trastornado con motosierra en mano o un delincuente reconocido entregado a los bailecitos más patéticos y dispuesto a castigar con aranceles al “mundo global”, pueden decidir nuestros destinos, tendremos que generar compromisos mucha más intensos y activar comportamientos subversivos que hagan que el destino no sea inevitablemente catastrófico. Gabriela Carmona Slier y Víctor Hugo Bravo nombrar, sin miedo, la estructura fascista que nos determina y buscan, con energía libidinal y “violencia deconstructiva”, escapar de esos dominios sombríos.

Paolo Virno advirtió, de forma extraordinariamente lúcida, que el nuevo fascismo se dibuja como guerra civil “en el seno de un trabajo asalariado arrollado por la tempestad tecnológica y ética del posfordismo. Toca de cerca la intelectualidad de masa, a los impulsos autonomistas y desestabilizadores, a las “singularidades cualesquiera”, a los ciudadanos avispados de la sociedad del espectáculo”. En esta época de cultura de la confrontación y de nueva teología política de ese neoliberalismo “metamórfico”, cuando el apocalípsis es la pasión de los gurús cibernéticos, necesitamos recobrar la temperatura antagonista, realizando acciones somático-emblemáticas como las de Víctor Hugo Bravo y Gabriel Carmona Slier, comprendiendo que, como apuntara Didi-Huberman, el arte arde (en rojo intenso añadimos) en contacto con lo real.